
Hay momentos en los que, sentado frente a un equipo de dirección, veo algo que ya conozco bastante bien. Una mesa impecable, una presentación perfecta, caras que asienten al unísono, silencios prolijos, frases medidas. Todos representan la parodia de estar alineados. Pero no lo están, y todos lo saben.
La armonía tiene un sonido particular cuando es falsa. Es como un murmullo suave que esconde conversaciones que nunca se dicen, tensiones barridas debajo de la alfombra y decisiones tomadas para evitar problemas, no para resolverlos. En el fondo, está ese miedo silencioso a incomodar, a quedar expuesto, a romper la foto perfecta.
Lo vi muchas veces en equipos técnicamente sólidos, con talento, pero vacíos de honestidad que se paga con pérdida de rumbo. Porque ningún equipo se rompe por decir la verdad, lo hace por dejar de hacerlo.
Así aprendí que los altos mandos no fracasan por falta de inteligencia, sino por exceso de diplomacia. Confunden armonía con salud, alineación con compromiso, silencio con acuerdo. Luego empiezan los desvíos invisibles, pequeños, casi imperceptibles, pero acumulativos. Cada vez que alguien piensa algo y no lo dice. Cada vez que un ego herido decide retirarse del diálogo. Cada vez que uno mira de costado porque “no vale la pena discutir”.
En ese clima, no hay estrategia que sobreviva. Porque el verdadero problema no es lo que se discute, es lo que no se discute.
Lo difícil nunca es decidir, lo difícil es desnudar los supuestos de los que parte cada uno. Animarse a decir: “No estoy de acuerdo”, “No lo entiendo”, “No lo veo”, “Me preocupa esto”, “No confío en este camino”. Eso es lo que casi ningún equipo de alta dirección logra sin ayuda. No porque no puedan, sino porque, sin darse cuenta, se vuelven expertos en cuidar su imagen más que en cuidar el futuro de la empresa.
Es ahí donde el falso consenso empieza a intoxicar.
Las empresas suelen creer que el trabajo del CEO es terminar con el conflicto. Yo creo lo contrario, el trabajo del CEO es evitar que la armonía se vuelva una anestesia.
“Los CEOs no estan para construir equipos cómodos, estan para construir equipos verdaderos.”
He visto directorios donde nadie se animaba a contradecir a quien tenía más poder real (no formal). Y he visto otros donde la energía era tan cruda, tan franca, tan desnuda que los problemas se resolvían en la mesa, no debajo.
¿La diferencia?
Parecía sutil pero lo cambiaba todo:
En algunos había armonía; en otros, había honestidad.
La armonía depende de que nadie moleste. La honestidad depende de que a todos les importe demasiado como para callarse.
Cuando acompaño a un equipo, no busco que “queden bien”. Busco que alguien se anime a decir eso que desde hace meses se mastica por dentro. Busco que aparezcan las verdades incómodas, los miedos que frenan, las ambiciones que nadie quiere admitir.
El trabajo empieza con la primera incomodidad. Ahí se abre la puerta. Un equipo que no se incomoda no está alineado, está dormido.
Los equipos de alto rendimiento no buscan evitar la fricción, la celebran. La fricción bien usada genera profundidad. La apertura genera entendimiento. La vulnerabilidad genera confianza. Y la claridad genera velocidad.
No es magia. Es coraje para mirar lo que no funciona, para decir lo que incomoda, para aceptar lo que cada uno aporta y lo que cada uno limita.
Coraje para decidir aunque duela, para dejar de actuar como un equipo y empezar a serlo.

