Deja de resolver los problemas de tu equipo

“Si cada problema de tu equipo termina en tu escritorio, el problema no es el equipo… el problema sos vos.”

Hace un tiempo, trabajando con un gerente de operaciones, me contaba que su agenda era un infierno. Entre incendios internos, reclamos de clientes y pedidos de aprobación hasta para cambiar un insumo básico, sentía que vivía corriendo detrás de los problemas.

El punto de quiebre llegó cuando un cliente grande lo llamó, furioso porque una entrega salió mal. El gerente en cuestión, en lugar de delegar, levantó el teléfono y empezó a resolver él mismo: habló con logística, con compras, con calidad. Tres días después, el problema estaba resuelto… pero él estaba agotado, el cliente apenas conforme, y su equipo había aprendido, una vez más, que el camino más fácil era dejarle los problemas al jefe.

El patrón se repite. Líderes que creen que “apoyar” al equipo es hacerse cargo de todo. Y equipos que, sin darse cuenta, se van volviendo dependientes, incapaces de resolver solos lo que podrían manejar perfectamente. El resultado es siempre el mismo: un cuello de botella en las decisiones, un gerente al borde del burnout y un equipo que no crece.

En mi experiencia no se trata de dejar de ser compasivo ni de endurecerse con frases hechas como “no me traigas problemas, traeme soluciones”. Se trata de cambiar el enfoque. 

Y hay cinco preguntas que, bien usadas, transforman la dinámica:

1. ¿Qué probaste hasta ahora?

La primera vez que lo preguntes, probablemente te miren con cara de “nada, por eso vine”. Pero con el tiempo, tu equipo empieza a anticipar la pregunta y llega con ideas, aunque sean parciales.
Un CEO con el que trabajo implementó esto. Al principio fue incómodo, pero al mes, sus reuniones dejaron de ser un buzón de quejas y empezaron a ser conversaciones más productivas. Los problemas seguían existiendo, pero la diferencia era que ahora el equipo traía propuestas y, muchas veces, soluciones ya encaminadas.

2. ¿Qué te está frenando para resolverlo?

A veces el problema no es el problema, sino el obstáculo que no se ve. Tal vez falte presupuesto, tiempo, autoridad, o haya un proceso que nadie cuestiona aunque no tenga sentido. Cuando entendés qué es lo que traba a tu equipo, podés enfocarte en destrabar eso en lugar de cargar con todo el paquete.
Con otro cliente, una empresa de servicios, descubrimos que el verdadero cuello de botella no eran los técnicos ni los supervisores: era un sistema de autorizaciones absurdamente lento que hacía que cualquier solución tardara el triple. Al cambiar el proceso, los problemas dejaron de escalar sin que nadie tuviera que “salvar” a nadie.

3. ¿Qué apoyo necesitás?

No todo el apoyo tiene que venir de vos. A veces, el soporte puede estar en otro área, en un colega, en un proveedor o incluso en un recurso externo. Cambiar la pregunta de “¿qué necesitás de mí?” a “¿qué apoyo necesitás?” abre el juego y ayuda a que tu equipo deje de depender exclusivamente de tu intervención.

4. Si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?

Obliga a tu equipo a ponerse en tu posición, a pensar en las variables, en los costos, en las personas y en el impacto que tiene cada decisión. Y lo mejor: empiezan a valorar lo que implica resolver, en vez de creer que “el jefe lo arregla en dos llamados”.

5. ¿Hay algo más que debería saber?

A veces los problemas no llegan a tu escritorio para que los resuelvas, sino porque tu equipo no quiere que te enteres por otro lado. Esta pregunta mantiene abierta la comunicación, sin asumir que vos te vas a hacer cargo. Es un gesto que dice: “confío en vos para manejarlo, pero quiero estar al tanto”.

Usar estas cinco preguntas no es una técnica mágica, pero sí un cambio profundo de paradigma. Te mantiene presente como líder, sin transformarte en la muleta de todos. 

Con el tiempo, tu equipo gana confianza, toma más decisiones y vos recuperás el aire para enfocarte en lo que solo vos podés hacer. Porque liderar no es resolver por otros. Liderar es crear las condiciones para que otros aprendan a resolver.

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